Un gato me despierta.

Jueves, 29 enero 2015 § Deja un comentario

Un gato me despertó saltándome encima. Los doseles de la cama filtraban la luz del sol y mi piel se veía naranja. El gato era negro.

Las lentejuelas, en vez de lanzar miles de destellos, como sí ocurría con los minúsculos diamantes, dibujaban sombras grisáceas sobre mi tripa y mis muslos. El gato descansaba la cara sobre mi ombligo y arañaba con sus garras mi moreno costado.

Cuando mis ojos se acostumbraron a la escena, alcé las rodillas y el animal se escurrió sobre mi pecho. Me miró con sus iris transparentes y abrió grande la boca. Le hice una mueca como a los niños y se abalanzó sobre mi rostro.

Sus afilados dientes rodearon mi nariz y sus mandíbulas peludas se tensaron. Mis músculos reaccionaron tarde y empecé a sangrar. No pude chillar, la panza del gato taponaba mi boca. Así que esperé clavándome mis propias uñas en los puños y apretando fuerte mis dientes, intentando no pensar.

Cuando por fin la bestia se separó, un charco de lágrimas con hilos de sangre rodeaba mi cabeza. Mis trenzas púrpuras se enredaban en las sedas y un sabor metálico sobraba en mi boca.

Así me encontró el apuesto príncipe cuando, vestido de gélido blanco, se acercó con la mejor de sus sonrisas para darle los buenos días a su recién conocida esposa.

(28 de enero de 2015)

Antes de la fiesta.

Jueves, 11 diciembre 2014 § Deja un comentario

Son las ocho de la tarde. Últimos arreglos. El vestido violeta, con esos volantes, esas perlas oscuras y los tirantes negros; los zapatos bajos –tú querías llevar tacones, pero qué le vamos a hacer, a veces una tiene que ceder–, las pulseras, los collares, los pendientes de tu madre. Has llegado de la peluquería hace una hora, te has alisado el pelo y te han puesto una trenza que rodea tu frente como una tiara silvestre. Te sientes muy guapa, como una ninfa en su bosque, empezándote a maquillar ligeramente –sin rímel, claro, que a él no le gusta, o le gusta demasiado–. Eres la más guapa, te ha dicho uno, en un mensaje secreto, clandestino y en clave –tampoco vayamos a tentar a la suerte–. ¿Ese sujetador no te hace las tetas demasiado grandes?, te queda fatal, ha dicho el otro, mientras te rozaba con la mano la mejilla suavemente. A mí me gusta, contestaste, apartándote solo unos milímetros, un gesto casi simbólico. Pero no te importa, porque tú te sientes guapa, y punto.

Dan las nueve; en media hora pasa el último autobús. Se mira una vez más, coge su bolso, su chaqueta y una manzana y sale a la calle. Empieza a refrescar, se cubre los hombros con las manos y camina sin prisa. Saca su móvil y ve el icono de un mensaje recibido, su cara se ilumina, pero guarda el teléfono. Ya casi llega a la parada, cuando siente unos pasos a su espalda. Sabe quién es, pero antes de volverse, se permite soñar un medio instante. Recrea su voz, sus ojos, sus labios.  Y, como sabe que está mal, despierta, arrepentida de su absurda fantasía, y saluda a Carlos. Él sonríe, ya casi pensamos que va a besarla, cuando repara en algo inapropiado. Cuánto te has maquillado, ¿no?, se sorprende. Bueno, tenía ojeras porque apenas he dormido esta noche, pero tampoco… Él sonríe y la besa al fin, a media frase, la agarra de los brazos y se sientan a cubierto, deben de faltar ya solo dos o tres minutos para que pase el bus.

Entonces el móvil de Aida empieza a sonar. La música no es nada fuera de lo común, una canción que todo el mundo conoce, pero él se mosquea por alguna razón que se nos escapa. No importa, ella no se da cuenta, y si nadie lo ha visto, es como si no hubiera pasado. Entretanto, Aida ha sacado el móvil de su bolso y ha contestado a la llamada. Él la mira sin pestañear apenas durante toda la conversación, mira sus labios al moverse, sus pestañas que tiemblan alegremente desde que ha cerrado los ojos, sus manos delicadas, una sosteniendo el teléfono, con cuidado pero con fuerza, y la otra descansando irresistible sobre su regazo…

Era mi madre, dice al colgar, que me había olvidado la chaqueta, pero al final cogí la otra… Pero él ya no presta atención a sus palabras. Sus labios se han juntado y sus dientes rechinan, por fin dice: ¿De quién era ese mensaje? Así que lo ha visto, debió de ser cuando ella colgó a su madre, sin recordar la notificación que antes le sacó aquella sonrisa. No contesta, obviamente. Él se inquieta y se impacienta, el bus se acerca, ella se levanta, pero él la retiene, ella se suelta, él cede y el bus se para, ambos entran, pagan y se sientan, entonces él insiste, y ella mira hacia otro lado, él le mete la mano en el bolsillo, ella grita, él la calla, saca el móvil y lee ese nombre, ella llora sin mirarlo todavía, él se levanta, ella suplica, él se ríe, el bus pega un frenazo, y ambos paran.

Lo siento, repite una y otra vez ella, con los ojos encharcados y preciosos, pero él, procurando no mirarlos para mantenerse duro, le da la espalda. Aida llora, suplica y tiene miedo, y no quiere otra cosa sino que Carlos la perdone, aparentemente. Pero a estas alturas nosotros ya sabemos lo que realmente piensa Aida, y también lo que realmente quiere Carlos, y también que aquel otro mensaje, inoportuno dependiendo desde dónde lo enfoquemos, no es de otro sino de Marcos, otro chico al que aún no conocemos, pero en quien piensa Aida, y a quien odia Carlos.

Sí, es lo que creíamos, Aida está harta y empieza a notársele en los pómulos. Esa palidez que le produjo el llanto ya va desapareciendo, esos labios temblorosos, que un segundo antes suplicaban, han recuperado fuerza y lucen tensos el pintalabios discreto que Carlos le regaló un día, cuando la vio, por imprudencia suya, con ellos rojos. Incuso sus ojos, tan brillantes y tan nítidos después de haberlos alustrado sus tantas lágrimas, se ven ahora serenos y seguros.

Nosotros hemos tardado demasiado en darnos cuenta, pero hace mucho que Aida se guardaba esta osadía entre los dientes. Hace mucho, y cuando decimos mucho no hablamos de horas ni de días solamente, que Aida soñaba con la gota que colmaría el vaso y desataría estas palabras valientes que sabe que son la única solución posible.

Carlos es quien suplica ahora, ante el repentino silencio de la chica. Finge darle menos importancia, inventando en voz alta motivos como un examen del que Marcos no habrá apuntado la fecha, o un trabajo que el profesor, por mucho que ella le suplicó que la pusiera con otro, les mandó hacer juntos… No sabe que ella no lo escucha ahora. No tiene ni idea de lo fuerte que en el fondo puede ser Aida. De lo fuerte que era antes de que él se lo impidiera, de hecho.  Por eso, estas palabras le cogen desarmado. Nosotros no vamos a repetir sus palabras, nos llega imaginarnos, ya que empezábamos a conocer a Carlos, qué verdades y furiosos gritos callados tanto tiempo habrán salido de entre los dientes de ella, que por fin, porque para todo hay un fin, ha explotado.

Cuando llegan a la fiesta, él, de nuevo seguro de sí mismo, busca a sus amigos. Ella, ya calmada, pero todavía fuerte, se encierra en el baño. Llama a Marcos, por supuesto, y este le dice palabras comprensivas. Espérame, Aida, esta noche te vienes conmigo.

(4 de diciembre de 2014)

Rutina.

Domingo, 28 septiembre 2014 § 1 comentario

Felicidades y muchas gracias por haberme animado a vivir todos estos buenos momentos y ayudarme cada día a salir de los malos.

07:00

Cuando el cielo está azul, está muy azul. Azulísimo. Por las mañanas, en la ventanita de la ducha, se vuelve cada vez más claro, desde el morado intenso de las siete y diez hasta el celeste mágico de las siete y cuarto. Con nubes, a veces blancas, a veces rosas o amarillas. Solo en el tiempo de una ducha, el recuadro cambia por completo y pinta cientos de cuadros diferentes.

Las nubes blancas parecen realmente de algodón. Son enormes y muy compactas, con formas maravillosas, siempre compuestas por esferas imperfectas, como las que dibujan los niños.

Los edificios no son bonitos. Son bloques de pisos, sin más, color arena (todo estando lejos nos recuerda al mar). Pero una vez acostumbrado a ellos, tienen su encanto. Sobre todo, el más alto, que queda enfrente, y se ve se mire desde y hacia donde se mire.

Delante de los edificios hay muchos árboles. Por ahora tienen hojas y oscilan lentamente con el viento, de lado a lado. Las hojas se mueven como cascabeles, pero el sonido se parece más al de la lluvia. Tal vez incluso un poco como el mar.

El que está más cerca de la ventana tiene vainas con semillas, donde los pájaros paran a comer. A  veces da incluso miedo que alguno se despiste y choque contra el cristal, o, más probablemente, se cuele por la ventana. No son pájaros cantores, aunque también los hay, algo más lejos, sino grandes bichos negros que baten las alas con fuerza.

Por lo demás, el paisaje, en sí, sin las personas, solo lo estable, es muy tranquilo.

 

08:20

Es apasionante la rutina. Lo rápido que uno se acostumbra a ella. Cómo nos absorbe, por muy difícil que pareciera hacerse a ella.

Mareas de gente, primero, masas informes, pasando los días, espacios llenos, si vienes de lejos, ruido de fondo, más tarde. Vagones, bostezos, miradas perdidas, gente leyendo. Y correr, escaleras abajo, escaleras arriba. Uno que se cruza, tantos que se chocan, y, en el medio, corriendo, a cámara lenta, a cámara rápida.

Ya no miras al suelo. Ya no te paras frente a los carteles. Desaparece el escenario. No hay nadie fuera, ni dentro. Avanzando lentamente, es una marea informe, y una masa vacía, un remolino muerto, y ausencias.

Metiéndome en el tren en el último segundo, sin mirar alrededor, sin asegurarme, sin dudar. Llegar a tiempo, correr, llegar a tiempo, esperar, llegar a tiempo, tu finalidad.

Es tu parada, no lo mires, ya lo sabes. Bájate, corre, seamos los primeros.

Las luces, los ruidos, los espacios. A la derecha, recuerdas, aunque no te pares a pensar en ello. Iría ya con los ojos cerrados. Corre, corre, corre. Clic. Pasa. Clic. Pasa. Clic. Corre. Espera. Ya.

 

(El tren se acerca: las escaleras van llenas. Corre, corre, corre, no pienses. Un libro en la mano. Como todos, como tantos.)

 

16:00

Calma. Cielo gris. Pasadez. Sueño.

Sonidos muertos. Ánimos lánguidos. Sabor a comida china y olor a gente que duerme. Olor a café. Música.

La comida pesada en el estómago. Las ganas de perderse, dejarse ir, llorar un rato. Cerrar los ojos y sentir el frío. Taparse. Escuchar las notas, canción que se aleja. Tratar de dormir. Sentirse inútil. Frío…

Indecisión. ¿Qué haré esta tarde? Vueltas. Vueltas. Desesperación. Sentirse inútil. Frío.

Te sientes solo. ¿Qué estarán haciendo los demás? ¿Se estarán divirtiendo? ¿Estarán juntos? ¿Podrán estudiar? Seguro que se están riendo. Seguro que no se han encerrado con su soledad a ver el cielo, a ver las nubes, a tener miedo. Miedo a estar solos, miedo a ir con gente, miedo a la luz. Miedo a las nubes y al frío. A perderse. A llorar. A sentirse inútil. Tienes que salir de aquí. Abre la puerta. Corre. Sálvate.

 

Bajas un piso con pasos temblorosos. Y oyes gente. Risas. Alguien toca la guitarra.

Oyes que hay gente: voces, música, risas. Hueles que hay gente: fuman, beben café, se echan colonia. Pero no quieres verlos. ¡Corre!

De nuevo solo. Con el frío. Con las nubes. Con el miedo.

De nuevo triste. Y lloras.

Y entonces, como realmente no estás solo, marcas un número. Llamas a casa. Voces familiares. Hablas con los tuyos. Calma. Calma positiva. Frío que despeja. Miedo que se esfuma. O que se esconde. Que se combate.

Estás solo de nuevo, pero hablas (no estás solo, entonces). Te escuchan. Te animan. Sé que es difícil. Eres valiente. Ánimo.

Gracias.

 

19:15

Metro de nuevo. Rutina. Gran grupo.

Gritos. Gente de aquí para allá. Qué estudias. De dónde eres. Cómo te llamas. Información básica. Datos suficientes. Ya nos conocemos.

¿Te gusta el teatro? ¿Qué música escuchas? ¿Bien en tu carrera? ¿Y qué día empiezas?

¿Por qué Madrid? ¿En qué quieres acabar trabajando? (La gente es pesimista en esto: hamburguesas, fábricas de algo, limpieza.)

Poco a poco recuerdas los nombres. Perdona, ¿cómo te llamabas? Situación incómoda. No pasa nada.

Entramos en el metro, sorteamos personas, sorteamos barras, atravesamos vagones como en un juego de obstáculos. Tiene su gracia.

La gente que está a tu lado habla. Bla, bla, bla. Tal, tal, tal. Ah, sí, claro, sí. ¿Y tú?

Cuando el grupo es grande y heterogéneo, la señora del asiento de al lado se vuelve invisible. La pareja junto a la puerta se difumina. Incluso el que lleva la guitarra y canta. El calvo. La de rosa. El de la cresta. La de los tatuajes. La madre y su hijo. El de traje. La que habla por teléfono. El huidizo. El que mira fijamente. El que suda.

Todos se vuelven transparentes. Las puertas se abren y se cierran. Las estaciones conocidas te hacen sentirte a gusto, aun desde dentro del vagón. Las desconocidas son otro mundo, un sitio misterioso, el extranjero. Y todo el grupo se baja, y lo sigues, y hablas con unos y con otros, de vez en cuando.

No estás a gusto. No son tu gente. No hay confianza. No recuerdas ni sus nombres. Pero tampoco lloras, tampoco tienes miedo, tampoco tienes frío. Pasas el rato. Escuchas, caminas, los miras. De vez en cuando asientes. Opinas. Al fin y al cabo, serán tu gente.

No los conoces. No te conocen. Pero vais juntos. Sois un grupo. Y aunque no lo sean todo, eso ya es algo. Que crece. Que va a crecer. Optimismo.

 

21:30

La luz. Cómo cambia la luz.

El edificio es rosa por la tarde. Y cinco minutos después, ocre, y gris, y pálido, como por la mañana.

El cielo. Cómo cambia el cielo. Es azul, y azul más claro, y azul más vivo, y rosa. Y negro, morado, gris cuando hay nubes, acolchado. El cielo es pálido, también. Pálido e informe. Lánguido. El cielo, grande, se acerca y se opaca. Cae el azul, cae la noche, cae el cielo.

 

Y cuando hay nubes en Madrid, el cielo no oscurece. Rosa, o anaranjado, color de farolas, chimeneas.

Y cae la lluvia, rumor de fondo, base rítmica al paso de los coches, chirrido de las lámparas, respiración de máquinas.

Los cables de los aparatos nunca duermen, cielo cambiante, luminiscente. Las personas lo observan, como los atardeceres, como las brasas. Pero hace frío y cierran las ventanas. Se apagan las luces, se cierran los cuadros. Estos cuadros no estáticos, estas vistas corrientes. Grillos artificiales en el interior de las casas. Fuera, se resiste lo oscuro.

 

(17 al 28 de septiembre de 2014)

Reunión.

Miércoles, 2 julio 2014 § Deja un comentario

Para Andrea.

No había silencio, ni estábamos solos, ni siquiera cerca.

La vi solo un instante. Entre dos cabezas.

Me descubrió. Pensé que sonreiría, como siempre. Pero no.

Acerqué sus ojos. Estaba en la línea de sus gafas. ¡Qué grandes desde esa perspectiva!

Eran dos tremendas puertas de caoba. (La verdad, solo sé que es oscura y dura.)

Ella miraba hacia mí, haCia donde yo estaba. Mis ojos los veía yo ahora diminutos.

Tal vez aventuro demasiado, pero juraría que ella estaba sobre mi nariz, justo al lado de mi grano, siempre tan oportuno.

Sus ojos estaban fríos. Empecé a temblar.

Se oScurecieron tanto Que prendí una débil luz, para verlos aún.

¡Y de repente estaba esposado!

Sus ojos de hierro forjado me aprisionaban, pero a la vez me alejaban. Quise adentrarme en sus pestañas, pero el viento me impedía avanzar.

Entonces pestañeó y salí volando. Entre las cabezas.

Mi cuerpo se iba acercando. Y la vi salir a ella de mi cara, también volando.

Solo por un instante nos cruzamos en el aire. Ella pasó por mi izquierda.

Detrás de ella, una mujer alta y delgada hablaba seriamente, pero transmitiendo confianza. Parecía experimentada y sensata.

Detrás de mí, una chica con gafas. Ella os la describirá, yo no la veía.

El caso es que nos cruzamos.

Y vi entonces más claramente que nunca sus ojos fríos, oscuros, huracanados.

Los míos se nublaron. Vi temblar los labios en mi cara. Me agarré las manos y miré hacia abajo. No avergonzado. Solo apenado.

La había perdido.

 

(21 de abril de 2014)

Bajo la lluvia. (Una guitarra y un violín)

Martes, 1 julio 2014 § Deja un comentario

Está oscuro. Es noche cerrada en la capital. En cualquier otra calle, los escaparates exclusivos, los coches caros, las farolas oxidadas y los reflejos de todo esto en el asfalto empapado iluminarían lo suficiente para ver con dificultad. No hay luna, pero aunque la hubiera, su resplandor monótono sería insignificante entre tantos edificios y alcantarillas. En cualquier calle podríamos apreciar los detalles de cada rostro que por allí se pasase. Pero en este callejón oscuro solo se adivina una sombra, una débil silueta recortada contra los largos mechones del viento, entre las cortas pero tupidas pestañas de la lluvia.

Es noche cerrada. Está oscuro en el estrecho hueco que abren dos edificios de ladrillo ennegrecido. No hay luna ni estrellas, ni coches a la vista ni farolas encendidas. Las ventanas de las viviendas están cerradas. No hay luces enCendidas. En los salones a estas horas. Ni siquiera alguna radio mal sintonizada se olvidó encendida en algún comedor. Ninguna olla al fuego en las cocinas. Ningún niño llorando en su confortable cuna. Ningunos amantes alejados colgados del teléfono. Nada que pueda hacer ruido o emitir luz, excepto el agua y el viento.

Es tarde, todo el mundo duerme. Solo un joven escritor permanece insomne con la pluma sin tinta en la mano. Sentado a la mesa. La vela se ha consumido hace rato. Su sopa intacta se ha enfriado. Hasta su gato gordo y viejo duerme exhausto tras un día soleado en un rincón de la cocina.

Solo una sombra en la calle. Un débil murmullo de prendas que gotean en mitad de la incesante violencia de la tormenta. Los ojos, más oscuros que el propio cielo, más profundos que los túneles del incansable metro, se pierden en la distancia. Sus mejillas suaves, surcadas por falsas lágrimas de lluvia, están frías y algo amoratadas. Sus labios, rojos antes, ahora blanquecinos, tiemblan. Sus rizos negros como los dormitorios durmientes deScansan empapados bajo una capucha de inapropiado algodón. Sus hombros, rectos. Sus manos, fuertes. Sus pasos, débiles. Decadentes. Fatigados.

En el primer piso del próximo portal duermen dos hermanas, abrazadas, buscando un poco de calor en esta noche helada. La más pálida, de rizos pelirrojos que parecen oscuros en esta noche sin luces, sueña con una media sonrisa. Una guitarra y un violín hacen una extraña, pero no por eso disonante, banda sonora. Sentada en un parque gigante, lleno de árboles, flores, lagos y alegría, contempla los pájaros cantantes. Lleva un vestido blanco, centelleante, con diminutas perlas, novelado de bordados. Su melena radiante trenzada en un recogido elegante, abrumador, que despeja su elegante cuello. No luce pendientes ni collares, no harían sino entorpecer a quienes se complacen en su nívea tez. Como aQuel joven… Alto, rubio, de ojos oscuros y manos de pintor. Los labios se sangre y alma de mares lejanos…

Es un sueño agradable. Luminoso. Escintilante. Contrastando hasta el absurdo entre las nubes de esta noche sin risas. Esta noche triste, negra, desapacible. Las imágenes terribles se suceden a lo largo del callejón dormido. No se ven con los ojos, sino con las cuerdas de un violín, con las notas arrancadas a una guitarra afinada. Los instrumentos pesan, bajo la lluvia más que bajo el sol.

 

(23 de junio de 2014)

Una vez fui a su casa. Allí vi dibujos.

Lunes, 30 junio 2014 § Deja un comentario

Sé que han pasado muchos años. Sé que ya no la puedo volver a ver. Pero si pudiera, tampoco la reconocería. Hace tantos años.

Subí a su casa de casualidad. Era casi verano. No hacía tanto calor como yo tenía. Bajamos la calle hablando.

Al llegar a su portal, dijo que tenía frío. Me pidió que esperase. Subió, pero no bajaba. Así que llamé a la puerta y me abrió.

Su pez había muerto y estaba triste. Dijo que no importaba y se alejó de la peCera, que ni tocó.

Ven, si quieres, voy a por un jersey.

La seguí hasta su habitación. Allí había cuadros. Aquello era un cuadro.

Las paredes eran negras, pero sombras de colores salían de ellas. Tenían los ojos grandes y las narices largas. Las había triStes, contentas, malvadas, enfadadas, burlonas, cansadas. Acechaban.

Me sentía dentro de una mente agitada, de un remolino de gritos, de una tormenta de risas y lápidas. Eran de colores. Con ojos vacíos y narices largas. Con bocas deformes, alargadas.

La persiana estaba cerrada. Pero en ella se veía un paisaje, tras los ojos de las sombras.

Abrió el armario y sacó un jersey rosa. A juego con su falda de tablas y sus bailarinas, sus medias de seda y su diadema. Ese día se había Quitado las gafas.

Solo entonces me fijé, tenía pintura en los dedos.

Abrí la boca y señalé su arte. Se asustó y se tapó los ojos. Gritó mucho. Cuando se calló, abrió los ojos. Yo cerré la boca y nos fuimos.

 

(13 de marzo de 2014)

Las etiquetas en el fondo, no en la tapa.

Domingo, 22 diciembre 2013 § Deja un comentario

La encontró entre rotuladores y etiquetas.

Guardaba en Cajas cada una de sus tonterías. En la grandE, las figuritas de barro y las bolas de nieve. En la cuadrada, los lápices gastados y sus primeros años de colegio. En la de plástico, varios tickets de autobús, un papel de chicle, La chapa de una cerveza, los recortes de una vieja camiseta, tres animalitos de papel y cInco cartas, en sus respectivos sobres, con sus respectivos sellos.

Con su impecable cAligrafía de niña aplicada, catalogaba todoS sus recuerdos bajo los títulos “figuras”, “lápices primaria”, “verano 2013”. Así podría accEder fácilmente a cualquier cosa que necesitase. Quién sabe, tal vez, al año siguiente, el día y la hora concreta de aquel viaje en bus al centro podía salvarle la vida a alguien en un juicio.

Previsora, responsable y quisquillosa, con el pelo recoGido en una coleta baja y los pies descalzos sobre el parqué. Concentrada y seria, dedicada en cuerpo y alma a cada tarea que ella misma se imponía. MAdura, crítica y orgullosa, con las ideas claras y la seguridad de saber que hacía lo correcto y que lo hacía bien. La hija perfecta, la amiga preocupada, la alumna excelente. Brillante, a sus propios ojos y a los De muchos. Por eso, las palabras del viejo le sentaron mal:

–No escribas en las tapas de las cajas, sino en su fondo.

El viejo Era su abuelo. Vivía cerca, pero casi no se veían. Ella siempre andaba ocupada, y él hacía por estarlo. Vivía con su abuela en un piso a media hora de allí. Un piso grande y antiguo, bien decorado, pero frío. La anciana no salía a la calle. Saludable pero amargada, cosía, bordaba, pintaba, leía, apretaba los tornillos oxidados de los muebles y se pintaba los ojos y los labios cada mañana para su marido. No demasiado envejecida, aunQue repleta de arrugas y verrugas, dormía seis horas de noche y tres de día, siempre a la misma hora. El viejo se imaginaba a menUdo a su esposa con los rasgos de su nieta, o a su nieta con los rasgos de su esposa. “Cuadriculadas”, les decía, “sois un par de amargadas”.

–¿Cómo quieres que escriba en el fondo, abuelo, sI ya les he metido cosas encima? Además, no se vería.

Vocalizando correctamente y sin ningún acento especialmente marcado, calculaba todas sus respuestas con una precisión algo pedaNte. Se sabía lista y dejaba notarlo. Su abuelo hizo caso omiso a su lógico razonamiento y se arrodilló junto a ella.

–¿Qué ganas etiquetándolo todo, cariño?

Ella lo miró con el ceño fruncido y contesTó con voz neutra y clara:

-Si etiqueto las cosas, siempre que necesite algo, sabré dónde buscar.

Su abuelo, sonriendo bajo el bigote, se levantó resignado. Esquivó varios libros amontonados sobre el suelo y se paró justo Antes de llegar a la puerta.

–Si sabes dónde buscar cada cosa, nunca necesitarás hacerlo –solo entonces Se volvió hacia ella. Le brillaban los ojos y las palabras –. Cataloga lo que quieras, pero un recuerdo de verdad, uno que te haga sonreír, enfadarte, que te deje ausente o que te haga pensar, lo que es un recuerdo verdadero y de verdad, solo lo encontrarás si no lo buscas. Y encontrar algo sin buscarlo solo sucede cuando buscas otra cosa.

(6 de noviembre de 2013)